Mi ropa empezaba a sentirse dura, como si estuviera cubierta de un lodo que se estaba secando después de jugar en él. No sabía exactamente cuánto tiempo llevaba, tal vez 20 minutos, tal vez dos horas, corriendo en la oscuridad. En el bosque. La distancia que había recorrido dejando el orfanato detrás me daba una sensación de estar, por fin, a salvo. Era imposible que fueran a encontrarme después de esto.

Aún tenía la cruz conmigo, cubierta de una capa de sangre que se hacía cada vez más densa y oscura. Me buscarían, no descansarían hasta encontrarme. Hasta hacerme pagar por lo que acababa de hacer.

"Que vengan" me dije a mi mismo, mientras escupía al suelo. Que vengan, yo no me pienso quedar de brazos cruzados mientras los espero.

Recibí la llamada cerca de las 4 de la mañana. Seguía dormido, mi mujer roncando al lado de mí.

–¿Te.. te.. teniente Lavín? – escuché en el teléfono.

–¿Quién es? – contesté, aún intentando atrapar los últimos segundos de sueño.

–Habla el sargento Godínez, buenos días teniente.

–¿Qué chingados tienen de buenos? – pregunté. La noche anterior había sido larga y llena de decepciones, y sabía que Godínez estaba conciente de esto.

–Yo sé que tuvo una noche difícil, teniente..

–No se me ande con mamadas, Godínez – le respondí, cortante. No quería hablar al respecto. – ¿Qué pedo trae?

–Ha ocurrido un asesinato. Es.. Es.. No lo puedo describir por teléfono – decía. Podía palpar el terror en su voz. – Tiene que venir inmediatamente.

Tomé un poco del vaso de joya de ponche que siempre tengo en mi buró para intentar sacudirme el amargo sabor de borrachera y agonía de la noche anterior. Y es que mis Chivas habían perdido el clásico en tiempo extra.

Vi a mi mujer dormida aún, mientras yo me ponía mi traje y botas vaqueras. Su cara angelical parecía hacerse más bonita conforme pasaban los años. Tenía puesta mi playera del Chivas. Parecía una diosa tapatía.

–Me ocupan en el trabajo, gorda.. Ocurrió algo – le dije, intentando no alarmarla mucho. Yo ya había terminado de vestirme y estaba parado en la puerta del cuarto.

–Si vas a salir, saca la basura porque el pendejo de tu hermano hizo su desmadrito ayer y yo de babosa me tuve que quedar hasta tarde limpiándolo. Siempre que viene ese americanista de mierda se pone…

–Maldita sea Sandra, no tengo tiempo para esas nimiedades – le respondí, furioso por recordar el resultado de la noche anterior, mientras me apresuraba a cerrar la puerta del cuarto detrás de mí. Y es que a la mala había aprendido que un taconazo en la nuca duele como el tridente de mil demonios.

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Llegué al lugar del asesinato. Era un terreno baldío, recién deshierbado, como si se planeara construir algo ahí. Me acerqué al grupo de personas que se encontraban agrupadas cerca de un bulto con una lona de Frutástica tapándolo, dispuesto a enseñarle a esos patanes en qué consistía el buen trabajo detectivezco.

–Teniente..

–Godínez – le interrumpí, con desprecio.

–Teniente, una vecina encontró el cuerpo cerca de las 3 de la mañana. Dice que es testiga de Jehová, y se levanta desde temprano ya que sus recorridos son del otro lado de la ciudad. Es muy interesante la señora, me dice que no tengo por qué vivir en miedo, me dejó una revista que…

–Chingada madre Godínez, no se desvíe del tema – le dije, mientras le hacía con la cabeza una señal de que quitara la lona.

–Sí, disculpe, teniente.

Procedió a destapar al fallecido, descubriendo el caldo de sangre y tripas en el que esos endemoniados criminales lo habían convertido.

–En todos mis años nunca había visto algo así – dijo, como si intentara hacer énfasis en que era mayor que yo. –Esto es una carnicería. Y lo que es peor, no podemos encontrar nada que nos ayude a saber quién fue el culpable.

Yo sí había visto algo así, y le había rogado a Dios que no volviera a ponerme en este camino.

–Tome nota, Godínez – le dije, con un aire de superioridad, mientras sacaba mi discman y le ponía play a la canción de Recostada en la Cama, lo mejor de El Chapo de Sinaloa. Noté que Godínez y el resto me miraban fijamente. –Me ayuda a concentrarme – les aclaré, mientras me ponía los audífonos y notaba la admiración desbordándose en su lenguaje corporal.

Me puse mis guantes de látex *clac* *clac* y empecé a buscar en el triperío, esperando no encontrar lo que sabía que iba a encontrar. Había un olor en el aire, cerca del cuerpo, que pasaba desapercibido para el resto de pobres diablos que estaban parados ahí al rededor.

Pero yo no era un pobre diablo.

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Hurgando en el caldo que era ahora la víctima sentí como un objeto diferente al resto de los órganos y tripas resbalaba contra mis guantes, como envuelto en plástico. Lo dejé ahí un momento más. No necesitaba verlo, sabía exactamente lo que era.

—¿Huele eso, Sssargento? — le pregunté a Godínez aún en cunclillas, asegurándome de imprimir todo mi odio por su persona en la primera S.

—Sí, sí teniente — me respondió, titubeando. Sabía que, para variar, intentaba hacerlo quedar como un imbécil. Lo que no aún no sabía era exactamente cómo. — El olor a sangre coagulada es muy penetrante.

—Con un carajo Godínez, no la sangre. Hay algo más, concéntrese.

Escuché que Godínez inhalaba lentamente esta vez.

—¿Es una especie de solvente? — me preguntó.

—Pues mierda Godínez, tal vez haya algo de esperanza para usted — no la había. — Es thiner. Toda esta maldita escena apesta a thiner.

—¡Virgen santísima! — exclamó. Siempre con su maldita virgen. — ¿Drogaron a la víctima antes de descuartizarla?

—Bueno fuera — le respondí, mientras volvía a ponerme en pie con la cabeza agachada, la mirada fija en mi mano derecha.

Había sacado una nota forrada en plástico del cadáver al levantarme. Sentí las miradas de todos, sorprendidos, guardando silencio. Esperando. Ya habían escuchado de escenas de crimen con un fuerte olor a solvente y notas forradas en plástico dejadas en los cuerpos de las víctimas. Solamente yo había visto una en persona.

Me quité los audífonos con la mano izquierda, descansándolos en mi cuello. Levanté la cabeza y, después de dar un vistazo rápido al resto del grupo, observé al sargento directamente a los ojos.

—Esto fue claramente obra de la banda de los Sonetos Evolución.

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Guardé la nota en una bolsa de evidencia, intentando sacudir un poco de la sangre que empapaba el forro de plástico.

No necesitaba leerla para saber que era algún intento mal logrado de poesía por parte de un joven integrante de la banda de los Sonetos Evolución. Era su ritual de paso, la manera de separar a los aspirantes de los miembros honorarios. Tomar una hoja, quemarle las orillas con un encededor para hacerla parecer como papel viejo (de esos trucos imbéciles que enseñaban a los niños) y, después de descuartizar a la víctima, redactar versos que narraran la hazaña. Por lo general los versos eran malos, careciendo de sentido y lucidez. Qué más se podía esperar de una banda de autodenominados poetas con las cabezas a medio freír por tanto solvente barato inhalado.

Y es que, para su desgracia, la poesía barata no dejaba para comprar nada más.

Necesitaba preparar mi cabeza y mi estómago para la diarrea que más tarde, en la estación, leería en esa nota. Uno puede, como en mi caso, pasar muchos años intentando servir a la justicia en este infierno de impunidades y aún así sentirse sorprendido, aterrorizado, por escenas como ésta. Al menos sabía que el yo que se inició en el labor policial hace ya varios años, con la certidumbre de que peleaba del lado de los buenos y la puñeta mental de querer hacer el bien, seguía aún aquí dentro.

—Embolsen el cuerpo de la víctima — le indiqué al equipo de médicos que nos asistía en estos casos, dudando de utilizar la palabra cuerpo. A esos restos no podían llamárseles un cuerpo — Chingado, lo que dejaron de él — puntualicé.

Le entregué la bolsa de evidencia al sargento y, sabiendo que el resto de simios entrenados que fungían como mi equipo de investigación del área de homicidios podían encargarse de las pesquisas necesarias con los vecinos para intentar obtener un poco más de información sobre el asesinato, subí a mi auto y me encaminé a la fonda de Rocío, que empezaba a servir más o menos a esta hora.

Iría con ella. Iría con ella y me sentaría a desayunar. Platicar con ella, y en especial comer sus huevos con machacado, siempre parecía ser una buena receta para tranquilizarme.

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Mientras manejaba con mi viejo casette de Intocable (me lo había regalado Eriberto, mi hermano… la razón por la cual lo había hecho no la recordaba, con ese cabrón siempre había una razón detrás) hasta el tope pensaba en la escena que había dejado detrás y en mi equipo que se había quedado investigándola. Estaba seguro de que no se encontraría nada sustancioso que pudiera ayudarnos a encontrar al asesino, fuera de la nota que habían dejado en los restos.

No era su estilo dejar muchas pistas alrededor del cuerpo. Y no precisamente porque fueran cuidadosos, esos hijos de puta estaban demasiado perdidos en sus cabezas fritas por thinner como para realmente ser cuidadosos, sino simplemente porque el destazamiento ocurría en un lugar más escondido que a donde arrojaban el cadáver.

Un lugar lo suficientemente aislado como para darles tiempo de escribir su chingada nota.

Las calles aún estaban vacías. Apenas iban a ser las seis de la mañana. Rocío solía abrir temprano, dándole oportunidad a los vecinos de su colonia de pasar por un desayuno, fuera un café, un pan o unos huevos, antes de salir al matadero.

A los vecinos y a sus viejos amantes.

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Bajé de mi auto. Lo estacioné en banqueta amarilla, muy cerca de la esquina de la cuadra. No importaba, los pocos tránsitos que se atrevían a aventurarse por este barrio sabían de quién era ese carro y no habrían siquiera pensado en ponerme una multa, mucho menos llamar una grúa. No solamente por la jerarquía de mi puesto comparado con la de ellos y el poder que eso me daba sobre su situación actual y su futuro. Era algo más. No se trataba de un burdo miedo hacia la posición de teniente. Sentían respeto por mí, por mi persona y las habilidades que me habían llevado a donde estaba.

Al voltear a ver el letrero del establecimiento pensé que el sol no saldría hasta dentro de, al menos, otra media hora. Notaba ligeras pinceladas de rojos y rosas en las nubes. Debían ser ya cerca de las 6:30 de la mañana. Las letras negras sobre un fondo blanco y rojo, patrocinado obviamente por la compañía de refrescos, me hacían saber que estaba parado en frente de la fonda “La Alegría”, donde Rocío atendía a los solteros de la colonia que, sin tener alguien que les cocinara en su casa y siendo especialmente ineptos para ello, se apoyaban en ella y su destreza con la estufa para romper con la monotonía de desayunar Chocozucaritas a diario.

Me colé entre los pocos desmañanados que esperaban sus desayunos en el jardín de la casa, donde hace algunos años había ayudado a adaptar una barra y varios banquitos en el lado que daba a la calle para los clientes, y entré hasta la cocina. Mientras pasaba por la barra saludé a uno de ellos, quien pareció sonreír al volver a verme por estos rumbos. Los demás eran clientes nuevos que no habían llegado a estar cuando yo salía de esta misma cocina muy temprano, con una sonrisa en la cara mientras Rocío les avisaba que ya les iba a empezar a tomar las órdenes.

Entré a la cocina y la vi, con un vestido verde de verano, como solía utilizar para estar más cómoda durante la joda que se acomodaba todas las mañanas, concentrada en las 6 hornillas que tenía encendidas, todas con sartenes y comales. Resistí las ganas de abrazarla por detrás y apretarle sus espléndidas nalgas a manera de saludo. El tiempo para hacer eso había pasado ya. Sandra era ahora la única mujer cuyas espléndidas nalgas podía apretar, cosa que constantemente insistía en repetirme.

“Para que no se te vaya a olvidar cabrón,” me decía.

Me recargué en la ventana de la cocina, mirándola, disfrutando del hecho de que aún no había notado mi presencia mientras la escuchaba tararear una canción y mentar madres cada vez que se quemaba al darle vuelta a las tortillas.

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Veía su cabello negro moverse mientras pasaba de una actividad a otra. Estaba al mismo tiempo intentando freír varias órdenes de huevos, haciendo sandwiches con bisquets y quemando jalapeños lo suficiente para que la cáscara tostada le diera ese peculiar sabor que siempre había tenido su salsa molcajeteada. Mientras notaba como su cabellera parecía seguir la inercia de cada movimiento suyo me imaginaba el olor de ésta. Ese olor a felicidad que solía tener siempre que salía de la regadera.

A hogar.

A mujer.

Supuse que tanto rato observándola desde el silencio sería, eventualmente, un poco raro, así que me decidí por fin a abrir la boca.

–Veo que el negocio va bien.

Volteó ligeramente la cabeza, solo para comprobar lo que ya sabía al haberme escuchado. Mis ojos estaban fijos en la orilla de su cara, lo cual, dadas las circunstancias, era lo mejor que podía hacer.

Yo sonreía, intentando poner la mejor cara de galán de mi repertorio.

Ella miraba hacia la pared que estaba cerca de mí, lo suficientemente cerca para que su vista periférica le permitiera verme de cuerpo completo. Su cara delataba una sonrisa reprimida.

Regresó su mirada a la estufa y, después de servir dos órdenes de huevos en un recipiente de unicel para llevar, se limpió las manos con el mandil.

–Perdieron tus chivitas – me dijo en tono burlón, esta vez volteando completamente para ver mi expresión de encabronado al recordar lo de la noche anterior. Tenía una cara morena, afilada, que brillaba por el sudor de estar tanto tiempo frente a la estufa.

Apretaba la boca mientras sonreía, cosa que siempre hacía cuando soltaba comentarios por joder, y me miraba fijamente con sus ojos miel, esperando a que reaccionara a lo que me acababa de decir.

Pensé en escupir al piso en un intento de quitarme el mal sabor de boca que me había dejado la derrota y como señal de desprecio por el comentario. Si hubiera sido la casa de cualquier otra persona seguramente lo habría hecho, intentando tal vez pegarle a alguna cortina para que fuera más difícil limpiarlo.

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–Pues qué le va uno a hacer – le contesté, intentando actuar como si el mero recuerdo de ese 4 a 1 no me doliera en el pecho. – Ya le tocaba ganarnos a los pinches aguiluchos.

–Tenías rato sin venir para acá, Leonardito – me dijo, haciendo una voz burlona de ofendida. – Hasta creí que tu mujercita esa, – pausó para hacer un ademán de desprecio mientras seguía de frente a la estufa – que tu mujercita esa ya no te dejaba venir por estos rumbos.

No podía estar menos equivocada. Sandra no era muy asidua a la idea de que viniera a que Rocío me hiciera de desayunar.. Poco le importaba que ella no supiera diferenciar un huevo estrellado de uno revuelto. El problema con Sandra era que, para ella, no era expresamente necesario que le fuera infiel para ser infiel.

–Ya sabes cómo se pone – le respondí. Realmente sabía, así que no había necesidad de gastar muchas palabras con el tema. Se limitó a voltear a verme y asentir silenciosamente.

–Te ves más jodido que de costumbre – me dijo, con esa completa falta de dulzura que siempre me había molestado en ella. – ¿Vas a querer lo de siempre?

–Pasó algo. Algo que esperaba que nunca volvería a tener que ver.

Me callé, recordando al pobre imbécil que estaba ahora completamente desfigurado. Pensé en la labor tan difícil que tendrían los chicos de la morgue, intentando reconstruirlo para entregarle algo que al menos asemejara a un ser humano a la familia. Imaginé que tal vez sería más fácil decirles que los restos quedaron simplemente impresentables.

Ella debió haber notado la expresión que puse al pensar en todo esto. Inmediatamente me di cuenta que su forma de trabajar cambió. Ahora parecía más apresurada. Como si quisiera despachar a los que hacían fila afuera para poder aprovechar el momento de tranquilidad que tenía entre las 7 y las 10 de la mañana.

–Déjame le llevo esto a los cabrones de afuera y me cuentas todo – me dijo en un tono suave, casi cariñoso, mientras preparaba las bolsas con los desayunos que iba a salir a entregar.

Casi.

–Y ya puse a freír tu machacado.

At nights I stood awake thinking about how stupid and pointless everything was.

Because the truth was I did think about it, from time to time. I thought about how nothing I left behind, meaningful or meaningless, would outlive me. If I wouldn’t be around anymore afterwards, then why should I care. Why should anyone care.

After several minutes of going over the most recent inventory of all his supply drawers he finally decided that he had to go shopping. If there was a technique he had learned from old movies and TV shows it was that one thing the crazy-smart good guys always do; that thing which greatly increases one’s ability to link suspects, events and places in order to visualize patterns and promptly arrive to conclusions. 

If he was going to be the world’s greatest detective, he sure as hell was going to need a spool of yarn.

Un foco amarillo cuelga del techo iluminando las paredes de block casi descubierto, con una capa de pintura tan delgada como mi paciencia.

Y estos imbéciles están a punto de agotarla.

—Empecemos otra vez, — dijo el hombre sentado del otro lado de la mesa mientras revisaba un pedazo de papel — por favor hable claro para que la cámara pueda grabarlo correctamente. ¿Es usted Javier Tequila Rodríguez?

—Doctor Tequila.

—Sí claro, Doctor Tequila. ¿Podría repetirme, doctor, cuál dijo que era su especialidad?

—Dolor.

—Sí sí, todo aparece aquí en la forma de admisión. Doctor Javier Tequila, con especialidad en dolor. Veo que llenaron esto en la sección de comentarios adicionales, pero ya sabe, nunca está de más confirmar este tipo de información— cerró, burlonamente. En cuanto me quiten esta camisa veremos si sigue riendo con su intestino como collar.

Es difícil, siempre es difícil, el intentar ajustar tu concepción de la realidad cuando lo que percibes claramente difiere de la manera en que, en tu cabeza, el mundo funciona. Los cínicos siempre han tenido ventaja sobre los demás en este aspecto. No esperan mucho para empezar. Si algo bueno pasa es producto de una causalidad ciega que está matando gente “mejor” que tú del otro lado del mundo. Suerte, a falta de alguna otra palabra que lo describa mejor. 

Y cuando algo malo pasa, cuando la humanidad muestra su verdadera cara (“de los hombres, y de ellos solo, es de quien hay que tener miedo, siempre”), pues bueno, sin duda es una satisfacción (vacía, pero satisfacción a fin de cuentas) que la realida corrobore tu visión del mundo.

Con él no es así. Insiste en aferrarse a una idea de justicia, de bondad, de “humanidad” inherente dentro de todos.

"Humanidad", por supuesto, siendo un termino completamente abierto a interpretación. Significados en ocasiones opuestos según la persona a la que se le pregunte.

…And that in the end I want to see the worst. People at their worst. I want to know what they feel, what drives them to be so cold and uncaring. I want to know how they make others feel. How they suffer. I want to posses such a knowledge of this that when I die I can look god in the eye and see in him the level of his failures and shortcomings as creator and protector of humanity. So that when I die I can look god in the eye and ask him “Why?”.

En el Extremis de Iron Man, un doctor viejito hippie habla sobre el sistema operativo de los humanos. Dice algo así como que se ha documentado que las alucinaciones (sin h) de DMT suelen traen resultados similares, a diferencia de las alucinaciones por otras sustancias.

Gente que no se conoce alucinando cosas similares, sin una explicación aparente.

El sucio hippie cree que esto se explica porque el DMT les permite acceder a una parte fundamental de la conciencia, a algo que todos los humanos como raza compartimos. Y el wey le llama nuestro sistema operativo. Porque siendo una historia de Iron Man obviamente ocupaban darle su saborcito tecnológico.

Ya luego eso sirve como trampolín para que Stark vaya y haga su desmadre con el Extremis y quedé siendo el overpowered hijoeputa que termina siendo. Pero esas páginas con el doctor hippie y ese concepto, el de sistema operativo de los humanos, hace que valga la pena toda la historia de Extremis.

(Y si aparte le sumamos todo el conflicto interno de Stark con realmente no sentir que ha hecho una diferencia en el mundo a pesar de todo el “poder” a su disposición, la historia termina siendo la joyita que es.)

Es algo que, tratando como ficción, tiene hilo para hacer una historia interesantona. Por ejemplo, la de alguien realmente intentando cambiar eso, no el minipatch que Stark hizo para Extremis. Un upgrade más grande. Algo que marcara un antes y un después en el ser humano.

Se podría combinar con ondas de ingeniería genética y evolución asistida. Tipo lo que Houellebecq hizo en La posibilidad de una isla y Las partículas elementales. Pero hacer un enfásis en ver a la parte base, primitiva, de la conciencia como eso, como un sistema operativo. 

Y creo que voy a empezar a guardar estos rambleos random.

Probablemente esto sea un último esfuerzo para probarme a mí mismo que aún sigo en parte cuerdo. Intento, creo que sin éxito, distinguir entre qué parte realmente sucedió y qué parte fue resultado de las medicinas. Cada vez la línea de lo que podría haber pasado y lo que no parece más tenue. 

¿Es muy dramático decir que creo me estoy volviendo loco?

Vaya, no creo. Es un hecho, nunca habría aceptado escapar junto con los demás de no ser por eso. Pero siento que al menos hace una semana, ayer, aún podía distinguir entre lo que tiene sentido y lo que no.

Tal vez debimos haber tomado más dosis del tratamiento cuando escapamos.

¿Cómo mides la locura de una persona? ¿Las alucinaciones auditivas valen menos que las visuales? ¿Y si tienes ambas? ¿Hay alguna una escala del grado de psicosis según lo que las voces te dicen que hagas? Los hombres de blanco nos dijeron que las pastillas nos ayudarían a silenciarlas.

Por el lado amable, aún que estoy alucinando.

Creo.

Supongo que aquí es donde empiezo a contar mi historia. O al menos lo que recuerdo que sucedió.

Tengo cuatro semanas sin dormir. 

¿Saben cómo a veces la gente dice que no ha dormido en semanas pero realmente se refiere a que, por noche, no puede conciliar el sueño durante más de dos o tres horas? Bueno, ese no es mi caso. Nuestro caso. Llevo, ¿llevamos?, poco más de 28 días completamente despierto.

La cochera se siente vacía sin él. La policía me entregó su disfraz, lo que quedó de el disfraz, con señales de que intentaron lavar lo mejor que pudieron las manchas de sangre.

Se tomaron la molestia, ¿tuvieron el detalle?, de entregarmelo doblado. Tal vez esperan que solo lo guarde en un cajón y todo siga como antes. En unos meses conseguiría algún remplazo y el resto de las personas ni siquiera se darían cuenta de lo que sucedió. Guardaría yo entonces un solemne homenaje, en secreto, a alguien que dio su vida por algo más importante que él mismo.

Imbéciles.

No acostumbraba darle crédito por eso, pero era siempre él quien tenía la inquebrable convicción de que lo que hacíamos era necesario.

Y, más que necesario, era correcto. La gente merecía tener gente como él, como yo, peleando las peleas que ellos no podían. Merecían tener alguien que se preocupara para que ellos no tuvieran que hacerlo. Merecían ser salvados.

Mi decisión solo fue tan firme por lo que él, a su corta edad, me enseñaba. Tal vez él veía algo en la humanidad de lo que mis años me alejan cada vez más. Probablemente se debía simplemente a su ingenuidad, y nada más.

El punto es que yo intentaba ver eso en las personas porque él lo veía. Creía que nuestro trabajo valía la pena porque quería que él viera eso en mí. No solo estaba salvando a los demás, el chiquillo era mi salvación.

Ahora no estoy tan seguro. El deseo de estar ahí, de arriesgarme por personas que ni siquiera se preocupan por salvarse ellas mismas me parece una completa estupidez. Solo un sentimiento me hace querer levantarme. Salir de aquí.

Venganza. Venganza hacia el hijo de puta responsable por esto, responsable de asesinar a alguien que el mundo simplemente no merecía.

Me despertó el celular. Eran casi las tres de la mañana y, para variar, me había quedado dormido en el sofá.

Vi su mensaje.

I want to fuck the hell out of you.

Algo tiene el inglés que le da a la gente mayor libertad para escribir. La no cotidianeidad del idioma parece ayudarles a sentir que se diluye lo que se dice.

El celular volvió a vibrar.

Drunk as fuck.

Siempre es más sexy que se tengan los huevos para poder simplemente escribir “cógeme”.

Estaba cansado, cansado de coger y después levantarme para despedir a alguien que tenía que llegar a dormir con su novio. Cansado de que no pudiera simplemente quedarse dormida ahí, a un lado. Cansado de no poder despertarme, tomar café frío del día anterior y leer mientras ella ronca del otro lado de la cama cubierta a medias con la sábana.

El celular insistía.

Want to sex the hell out of me?

Alcancé mis pantalones y le marqué mientras buscaba las llaves del carro.

Y a fin de cuentas su intención nunca fue la de ser un héroe moderno. Era lo suficientemente realista como para saber que no todo mundo puede aspirar a ser héroe. 

Lo único que quería, lo único que alguna vez había querido, era saber que había encontrado su lugar dentro del esquema de todo. Saber que encajaba de alguna manera en el engranaje de la sociedad. 

Saber que de no estar ahí mañana, para bien o para mal, el mundo se daría cuenta.

Shit

Shit.

A veces me preocupo sobre toda esa idea mía de nunca arrejuntarme con alguien. De nunca tener hijos. De que esa es la forma más fácil de “dejar” algo de mí que valiera la pena. No sé si pueda hacer algo más. La idea de utilizar eso como salida fácil se me hace cobarde, mediocre, patética. Tal vez si escribiera algo. Algo que dejara plasmado el espíritu del joven veinteañero creciendo rodeado de una sociedad fresa. Superficial. Falsa.

Algo como Easton Ellis hizo con Less Than Zero.

Necesitaría que todo estuviera un poco más vacío para eso. Más sexo casual sin sentido. Más coger con gente que simplemente se bloqueó de todo sentimiento, muertos vivientes, porque sentir duele. Más drogas intentando recuperar algo de ese sentimiento perdido. Hipocresía. Culerez.

Tal vez sería demasiado sacrificio intentar experimentar todo eso solo para dar un testimonio más realista sobre qué pasa estando dentro. Tal vez sería la manera más fácil y menos comprometida de buscar dejar algo.

Sobre un tránsito que siempre mandan a antialcohólicas y se sentía cansado del estigma social hacia los que operan en ellas y que de todas maneras la gente pueda sacarles la vuelta.

Odiaba su trabajo, odiaba ser la cara que da el sistema con lo que él ve como el único propósito de chingarle la fiesta a la gente (claramente los lavados de cerebro institucionales no siempre tienen el efecto deseado en sus empleados) y odiaba la futilidad de lo que hacen con los métodos efectivísimos que tienen las personas para evitarlos.

En uno de los días más aburridos llegó a pensar que al menos hay significado en lo que hace, así sea simplemente joderle la noche a los demás, a diferencia de su trabajo anterior que lo hacía sentir que el mundo ni siquiera notaría la ausencia de éste.

Al menos éste aplacaba su necesidad de significado, de un lugar claro en el orden de las cosas. Y es que la vida ocupa de villanos, y los disfrazados en uniforme de protectores siempre son los peores.

Lee. Pon música. Todo lo demás se puede ir a la mierda. Pero lee.