Y a fin de cuentas su intención nunca fue la de ser un héroe moderno. Era lo suficientemente realista como para saber que no todo mundo puede aspirar a ser héroe. 

Lo único que quería, lo único que alguna vez había querido, era saber que había encontrado su lugar dentro del esquema de todo. Saber que encajaba de alguna manera en el engranaje de la sociedad. 

Saber que de no estar ahí mañana, para bien o para mal, el mundo se daría cuenta.

Sobre un tránsito que siempre mandan a antialcohólicas y se sentía cansado del estigma social hacia los que operan en ellas y que de todas maneras la gente pueda sacarles la vuelta.

Odiaba su trabajo, odiaba ser la cara que da el sistema con lo que él ve como el único propósito de chingarle la fiesta a la gente (claramente los lavados de cerebro institucionales no siempre tienen el efecto deseado en sus empleados) y odiaba la futilidad de lo que hacen con los métodos efectivísimos que tienen las personas para evitarlos.

En uno de los días más aburridos llegó a pensar que al menos hay significado en lo que hace, así sea simplemente joderle la noche a los demás, a diferencia de su trabajo anterior que lo hacía sentir que el mundo ni siquiera notaría la ausencia de éste.

Al menos éste aplacaba su necesidad de significado, de un lugar claro en el orden de las cosas. Y es que la vida ocupa de villanos, y los disfrazados en uniforme de protectores siempre son los peores.

Lee. Pon música. Todo lo demás se puede ir a la mierda. Pero lee.

El sol no ha salido en seis días. La única luz en este departamento es el monitor de la computadora.

Solo quería salvarla.

Hace tres o cuatro días que no salgo de aquí. La última vez que lo hice fue para ir a comprar cigarros. Caminé a las 8 de la noche, o tal vez las 2 de la mañana, hacia la tienda que está a cinco cuadras.

El cajero me miró detenidamente.

Escrutinándome. Juzgándome en silencio.

Mi ropa raída y apestosa parecía molestarlo. Asustarlo. No me había bañado en días. No podía. El baño no tiene una sola ventana. Su oscuridad es total.

Caminé de regreso y pude sentirlas a mi alrededor. Las sombras se encogían cuando pasaba a su lado y se estiraban detrás de mí. Escuché sus murmullos. Sentí sus miradas. Su olor me acompañó hasta la puerta de mi cuarto.

No encuentro los cigarros que compré. No recuerdo haber fumado. O nunca salí por ellos. No sé si las sombras realmente me siguieron. No tenía dinero, no había manera de que hubiera podido pagarlos. No veo las colillas en ningún lugar, pero siento aún su sabor en mi boca.

Si cierro los ojos aún puedo sentir el sabor de ella.

Tengo miedo. Miedo de que se apague el monitor. Miedo de quedarme en este departamento. Miedo de salir. 

Despierta todos los días a las 6 de la mañana. Su primera clase empieza a las 8, lo cual, ella piensa, le da apenas una hora para poder trabajar en escoger su ropa, bañarse y maquillarse. El baño muchas veces sale sobrando, ya que cuidando bien otros detalles resulta completamente innecesario hacerlo todos los días.

De sus compañeros de clase había aprendido ciertas cosas que la vida nunca se había molestado en enseñarle de otra manera. Cómo funcionaban las relaciones interpersonales, qué podía esperar de una persona del sexo opuesto que intentara cortejarla, cómo calificarlo como adecuado o no en base a estrictos criterios, qué era apropiado y qué no mientras besaba, mientras cogía, y, más importante de todo, cómo medir su felicidad.

——-

Ignoran el único tipo de ascetismo aplicable para todos, de las pocas cosas que ella estaba segura antes de conocerlos, el de intentar vivir auténticamente.

Y hay, aún, una voz dentro de ella que sigue haciéndole notar todo esto. Que a gritos sigue adivirtiéndole sobre el tipo de personas del que se rodea, sobre lo gris de sus intenciones, sobre lo falso de sus amistades. Sobre lo materialista y superficial de sus existencias. Sobre su asquerosa mentalidad de colmena.

Tal vez una de las lecciones más importantes que ha aprendido de sus compañeros es el cómo ignorar esta voz.

De promesas falsas y la hipsterización del budismo

Y que a fin de cuentas la vida estaba llena de eso, de victorias pírricas, de eventos de los que menor y futilmente salíamos vencedores. Y la humanidad de una forma u otra había aprendido a renovar sus esperanzas a través de ellos, a aumentar su irracionalidad, que sin eso ya todos nos habríamos suicidado hace siglos.

Citas culeras, conversaciones culeras.

Atrapados en el onceavo círculo, obligados a repetir día tras día lo mismo. Siempre buscando más. Nunca haciendo lo necesario para encontrarlo.

Desesperados por sentir, porque algo o alguien no saque de nuestro estupor. No dispuestos a dejarnos rescatar porque eso implicaría dejarnos llevar. Porque eso implicaría salirnos de nosotros mismos.

Pensar en alguien más.

Preocuparte por alguien más.

Y duele.

Prende otro cigarro. Dale otro trago a la copa. Habla otra vez sobre tu repudio al compromiso. Es más fácil así.

Los muertos cogiendo con los muertos.

-¿Y qué tal está tu nuevo trabajo?

-Bien, hago un poco más que en el pasado, la responsabilidad es más y todo ese desmadre, ya no puedo andar llegando tan tarde y crudo como antes.

-Ajá, pero cuánto más ganas.

-5 más.

-Entonces no estuvo tan bueno el aumento - respondió Erica, mientras se asomaba al resto de la fiesta.

-No, realmente no.

-Tengo un amigo que está ganando bastante más como community manager, tal vez él pudiera ayudarte a conseguir algo mejor.

-Sí, tal vez - le respondí, sin saber qué diferencia podría hacer eso.

Dejamos de platicar mientras los dos buscábamos cigarros y algo más que tomar.

-¿Escuchaste el nuevo cd de Muse? - me preguntó después de un rato.

-No, no he tenido tiempo.

-Se siguen reinventando a si mismos, ya sabes cómo se alocó Matt desde el pasado.

Siguió hablando de lo que ella definía la evolución de Matt como creador. Yo solo asentía mientras deseaba que la fiesta se fuera al demonio. Que estos cretinos decidieran pelearse entre ellos porque uno vio feo o empujó al otro. Porque mientras pasaba uno rozó la pierna de la novia del otro. O que la policía llegara a calmar el desmadre que tenían los que estaban tomando afuera y aventando botellas a la calle y a los vecinos. O que alguien por fin decidiera ofenderse por las parejas que estaban cogiendo en los rincones oscuros del jardín.

Algo.

Le di un toque al cigarro que acababa de prender.

-Sí, desde el pasado le valió madre.

Se pasaba las noches de los martes buscándola entre páginas y páginas de comentarios. No sabía por qué. Tal vez, a diferencia de lo que él creía, había un destino trazado para todos y el suyo era el de conocerla y hacerla suya. Tal vez era mera coincidencia. Lo cierto es que era en las noches de los martes, el único momento de la semana en que él tenía esa cantidad de tiempo libre, que podía encontrarla.

Hay mujeres que son fáciles de descifrar. Un par de canciones bailables, algún video gracioso en la noche y finalizar con un playlist de alguno de esos grupos románticos que él, secretamente, tanto disfrutaba. Disfrutaba también de su aparente simpleza y del hecho de que parecieran tener tanto en común.

Eso es lo que buscaba él, simpleza. La vida, sentía, tenía ya muchas complicaciones para activamente buscar añadirle otra.

Las horas y la noche se iban en leer comentarios estúpidos sobre discusiones que él podría jurar se hacían cada vez más irrelevantes con el contenido de los vídeos, pensando que iba a encontrarla. En su cabeza imaginaba que tal vez ella estaría haciendo lo mismo. Esperaba que ella estuviera haciendo lo mismo.

-Pues qué le va uno a hacer - le contesté, intentando actuar como si el mero recuerdo de ese 4 a 1 no me doliera en el pecho. - Ya le tocaba ganarnos a los pinches aguiluchos.

-Tenías rato sin venir para acá, Leonardito - me dijo, haciendo una voz burlona de ofendida. - Hasta creí que tu mujercita esa, - pausó para hacer un ademán de desprecio mientras seguía de frente a la estufa - que tu mujercita esa ya no te dejaba venir por estos rumbos.

No podía estar menos equivocada. Sandra no era muy asidua a la idea de que viniera a que Rocío me hiciera de desayunar.. Poco le importaba que ella no supiera diferenciar un huevo estrellado de uno revuelto. El problema con Sandra era que, para ella, no era expresamente necesario que le fuera infiel para ser infiel.

-Ya sabes cómo se pone - le respondí. Realmente sabía, así que no había necesidad de gastar muchas palabras con el tema. Se limitó a voltear a verme y asentir silenciosamente.

-Te ves más jodido que de costumbre - me dijo, con esa completa falta de dulzura que siempre me había molestado en ella. - ¿Vas a querer lo de siempre?

-Pasó algo. Algo que esperaba que nunca volvería a tener que ver.

Me callé, recordando al pobre imbécil que estaba ahora completamente desfigurado. Pensé en la labor tan difícil que tendrían los chicos de la morgue, intentando reconstruirlo para entregarle algo que al menos asemejara a un ser humano a la familia. Imaginé que tal vez sería más fácil decirles que los restos quedaron simplemente impresentables.

Ella debió haber notado la expresión que puse al pensar en todo esto. Inmediatamente me di cuenta que su forma de trabajar cambió. Ahora parecía más apresurada. Como si quisiera despachar a los que hacían fila afuera para poder aprovechar el momento de tranquilidad que tenía entre las 7 y las 10 de la mañana.

-Déjame le llevo esto a los cabrones de afuera y me cuentas todo - me dijo en un tono suave, casi cariñoso, mientras preparaba las bolsas con los desayunos que iba a salir a entregar.

Casi.

-Y ya puse a freír tu machacado.

Veía su cabello negro moverse mientras pasaba de una actividad a otra. Estaba al mismo tiempo intentando freír varias órdenes de huevos, haciendo sandwiches con bisquets y quemando jalapeños lo suficiente para que la cáscara tostada le diera ese peculiar sabor que siempre había tenido su salsa molcajeteada. Mientras notaba como su cabellera parecía seguir la inercia de cada movimiento suyo me imaginaba el olor de ésta. Ese olor a felicidad que solía tener siempre que salía de la regadera. A hogar. A mujer.

Supuse que tanto rato observándola desde el silencio sería, eventualmente, un poco raro, así que me decidí por fin a abrir la boca.

-Veo que el negocio va bien.

Volteó ligeramente la cabeza, solo para comprobar lo que ya sabía al haberme escuchado. Mis ojos estaban fijos en la orilla de su cara, lo cual, dadas las circunstancias, era lo mejor que podía hacer.

Yo sonreía, intentando poner la mejor cara de galán de mi repertorio.

Ella miraba hacia la pared que estaba cerca de mí, lo suficientemente cerca para que su vista periférica le permitiera verme de cuerpo completo. Mostraba en su cara claros indicios de una sonrisa reprimida.

Regresó su mirada a la estufa y, después de servir dos órdenes de huevos en un recipiente de unicel para llevar, se limpió las manos con el mandil.

-Perdieron tus chivitas - me dijo en tono burlón, esta vez volteando completamente para ver mi expresión de encabronado al recordar lo de la noche anterior. Tenía una cara morena, afilada, que brillaba por el sudor de estar tanto tiempo con las hornillas prendidas.

Apretaba la boca mientras sonreía, cosa que siempre hacía cuando soltaba comentarios por joder, y me miraba fijamente con sus ojos miel, esperando a que reaccionara a lo que me acababa de decir.

Pensé en escupir al piso en un intento de quitarme el mal sabor de boca que me había dejado la derrota y como señal de desprecio por el comentario. Si hubiera sido la casa de cualquier otra persona seguramente lo habría hecho, intentando tal vez pegarle a alguna cortina para que fuera más difícil limpiarlo.

Bajé de mi auto. Lo estacioné en banqueta amarilla, muy cerca de la esquina de la cuadra. No importaba, los pocos tránsitos que se atrevían a aventurarse por este barrio sabían de quién era ese carro y no habrían siquiera pensado en ponerme una multa, mucho menos llamar una grúa. No solamente por la jerarquía de mi puesto comparado con la de ellos y el poder que eso me daba sobre su situación actual y su futuro. Era algo más. No se trataba de un burdo miedo hacia la posición de teniente. Sentían respeto por mí, por mi persona y las habilidades que me habían llevado a donde estaba.

Al voltear a ver el letrero del establecimiento pensé que el sol no saldría hasta dentro de, al menos, otra media hora. Notaba ligeras pinceladas de rojos y rosas en las nubes. Debían ser ya cerca de las 6:30 de la mañana. Las letras negras sobre un fondo blanco y rojo, patrocinado obviamente por la compañía de refrescos, me hacían saber que estaba parado en frente de la fonda “La Alegría”, donde Rocío atendía a los solteros de la colonia que, sin tener alguien que les cocinara en su casa y siendo especialmente ineptos para ello, se apoyaban en ella y su destreza con la estufa para romper con la monotonía de desayunar Chocozucaritas a diario.

Me colé entre los pocos desmañanados que esperaban sus desayunos en el jardín de la casa, donde hace algunos años había ayudado a adaptar una barra y varios banquitos en el lado que daba a la calle para los clientes, y entré hasta la cocina. Mientras pasaba por la barra saludé a uno de ellos, quien pareció sonreír al volver a verme por estos rumbos. Los demás eran clientes nuevos que no habían llegado a estar cuando yo salía de esta misma cocina muy temprano, con una sonrisa en la cara mientras Rocío les avisaba que ya les iba a empezar a tomar las órdenes.

Entré a la cocina y la vi, con un vestido verde de verano, como solía utilizar para estar más cómoda durante la joda que se acomodaba todas las mañanas, concentrada en las 6 hornillas que tenía encendidas, todas con sartenes y comales. Resistí las ganas de abrazarla por detrás y apretarle sus espléndidas nalgas a manera de saludo. El tiempo para hacer eso había pasado ya. Sandra era ahora la única mujer cuyas nalgas podía apretar, cosa que constantemente insistía en repetirme. “Para que no se te vaya a olvidar cabrón,” me decía.

Me recargué en la ventana de la cocina, mirándola, disfrutando del hecho de que aún no había notado mi presencia mientras la escuchaba tararear una canción y mentar madres cada vez que se quemaba al darle vuelta a las tortillas.

I’m sick as fuck of not talking to you

She tasted like spring. And vodka. And cigarrettes. Like sucking on an ashtray that’s had a whole night of drinks spilling on top of and around it.

A happy ashtray that is. Probably one with the picture of a flower on its center.